Operadores

La industria de las telecomunicaciones se encuentra en un complejo entreverado por estos días, el cual, a todas luces, tiene en aprietos al Gobierno de cara a un inminente movimiento regulatorio que cambiará un renglón vital de la economía.

La Comisión de Regulación de las Comunicaciones, CRC, se apresta a nivelar, a fuerza de decreto contra una empresa, las condiciones de competencia en el negocio celular. El argumento es que una compañía posee más del 80 por ciento de todo el tráfico de minutos de voz de más de 46 millones de líneas móviles en el país.

Comcel -la firma en cuestión- es, de lejos, una de las sociedades de mayor tamaño y rentabilidad a nivel nacional. En el 2011, reportó ingresos por más de 7 billones de pesos, con una utilidad bruta de 4,1 billones de pesos.

En cifras de a pie, los centros de respuesta de este gigante reciben 100 millones de llamadas al mes y más de 800.000 personas visitan sus oficinas de atención al público en el mismo lapso, una muestra de lo que significa ostentar una participación superior al 60 por ciento del negocio.

Ante esa situación, hay quienes creen que la viabilidad financiera y comercial de los otros dos operadores está en entredicho.

El denominado ‘efecto club’ que se produce al tener un jugador tan grande, inclina la balanza.

Pero este es un problema en el que todos tienen parte. Para comenzar, las entidades encargadas de regular el segmento, por no prever y reaccionar a tiempo cuando empezaron a insinuarse los desequilibrios. Si bien las autoridades intentaron frenar hace tres años a Comcel, declarándole ‘operador dominante’ y, un año después, ajustando los cargos de acceso -el costo que se pagan entre empresas por el uso mutuo de las redes- para evitar que las tarifas dentro de su sistema fueran exageradamente bajas en comparación con las llamadas a otros prestadores, se demoró en actuar con celeridad para que se cumpliera la regulación impartida.

Por otra parte, hay que reconocer que todos comenzaron con las mismas condiciones en 1994, cuando nació la telefonía celular.

Mientras unos hicieron inversiones tímidas en el desarrollo de la red, o se equivocaron en la tecnología elegida, Comcel se dedicó a sembrar antenas en todo el país, a costa de pérdidas en los primeros años, hasta constituirse en el operador con el mejor cubrimiento a nivel nacional. A la larga, dicha apuesta le significó la preferencia de los colombianos y el camino expedito al éxito comercial.

Arreglar la realidad con un decreto no será tarea fácil. El verdadero efecto de los cargos asimétricos, que tasarían con mayor costo las llamadas desde el operador dominante a otras redes, está por verse.

Obligar a Comcel a presentar a sus competidores sus planes y ofertas comerciales, para que sean ellos los encargados de aprobar o no el rumbo de negocios del más grande, tampoco parece ser una solución eficiente, para mencionar dos de las medidas que se alista a implementar la CRC.

La empresa peleará con uñas y dientes en oposición a las normas de control. Ya lo demostró con la recusación contra el director de la CRC, Carlos Rebellón, a quien acusó de inhabilidad para actuar en su contra.

Todo ello ocurre cuando Colombia se encuentra a punto de vivir un cambio estructural en el negocio de: pronto tendremos más de tres operadores de la tecnología móvil de cuarta generación (4G), dentro de los que Comcel espera figurar; al tiempo, nacerán los operadores multiservicio entre fijos y móviles, como lo demuestra la reciente fusión entre Telecom y Movistar.

Tal situación supone un reto para la CRC y su regulación individual a la hora de nivelar la competencia entre operadores celulares.

Que hay que velar por el bienestar de los consumidores, es una realidad. Pero al hacerlo, el desafío es actuar justamente para que el futuro no resulte ser peor que el presente.

Fuente: Portafolio Edición Impresa – Abril 4 de 2012

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