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No hay evidencia de que la compañía de equipos de telecomunicaciones esté ayudando a China a espiar, pero su lealtad es clara.

Durante la Revolución Cultural Maoísta en China, un joven soldado llamado Ren Zhengfei fue enviado a la ciudad noreste de Liaoyang para ayudar a construir una fábrica de fibras sintéticas para ropa. La temperatura nocturna era de 20 grados bajo cero y su dieta consistía en sorgo y verduras en escabeche, pero el equipo francés de la fábrica fue una revelación.

“Aprendimos mucho de la tecnología más avanzada del mundo mientras vivíamos una vida que podría considerarse primitiva”, declaró Ren en un evento reciente en los medios. Más tarde, él fundó Huawei, el mayor fabricante de equipos de telecomunicaciones del mundo, con 87.000 patentes y un presupuesto de investigación de US$15 mil millones. China ha cambiado mucho, pero el partido de Mao Zedong aún gobierna.

Eso ha creado una enorme tensión, la cual EE.UU. ha intentado manejar durante décadas con la creencia de que el crecimiento económico generaría gradualmente la libertad política. Los cargos de fraude y robo de secretos comerciales presentados el lunes por el Departamento de Justicia de EE.UU. contra Huawei y Meng Wanzhou, su directora financiera y la hija de Ren, muestran que la administración de Donald Trump ha abandonado esa esperanza.

Huawei es el casus belli para una batalla más amplia, en la que la familia Ren ha sido reclutada. Es posible que haya incumplido las sanciones impuestas por EE.UU. a Irán y que le haya robado tecnología a Motorola, según EE.UU., lo cual la compañía ha negado. Es posible que haya cometido fraude electrónico, aunque ése es un cargo universal en este tipo de casos. Cada uno es relativamente poco importante en comparación con el alegato subyacente, de que Huawei ayuda a China a espiar.

“Somos como una pequeña semilla de sésamo, atrapada en medio del conflicto entre dos grandes potencias”, dijo Ren en su aparición en los medios. Huawei quiere continuar su expansión, sin verse afectada por la lucha política y comercial. Pero esa semilla no es neutral; está plantada en terreno chino.

A pesar de los susurros en las reuniones informativas de seguridad privadas y las acusaciones de los políticos estadounidenses, no hay evidencia clara de que China alguna vez le haya pedido a Huawei que creara una “puerta trasera” en las redes occidentales a través de su equipo, y Huawei, así como Ren, insisten que se negarían a hacerlo.

El problema es estructural, no ético. No importa cuán confiable sea la familia Ren, Huawei no tendría más remedio que obedecer si el Partido se lo pidiera. La ley de inteligencia de China de 2017, parte de la legislación promulgada bajo el presidente Xi Jinping, permite que el aparato de seguridad no sólo espíe a sus ciudadanos, sino que exija cooperación a nivel mundial. ‘No’ no sería una respuesta aceptable.

China quiere tenerlo todo: bloquear a las empresas de tecnología estadounidenses como Facebook y Google (y recientemente el motor de búsqueda Bing de Microsoft) por razones de seguridad y proteccionismo, al tiempo que exige acceso abierto para sus empresas de tecnología de la información. Zhang Ming, el embajador de China en la UE, se ha quejado vívidamente de “calumnia, coacción, presión y especulación” contra Huawei.

Por supuesto, el lado estadounidense también ha mostrado cierta hipocresía. Edward Snowden, el informante estadounidense, reveló cómo su Agencia de Seguridad Nacional (NSA, pos sus siglas en inglés) recopiló información sobre objetivos de seguridad nacional a través de redes de telecomunicaciones e incorporó puertas traseras en los equipos de Cisco. Pero China no está experimentando tratamiento desigual cuando EE.UU. excluye a Huawei de su plomería digital.

La pregunta es si los aliados de EE.UU. deberían seguir su ejemplo, como lo están haciendo Australia y Nueva Zelanda al excluir a Huawei de las redes 5G de próxima generación. EE.UU. está presionando a Alemania, al Reino Unido y a otros para que hagan lo mismo. George W. Bush les dijo a los aliados que estaban “con nosotros o contra nosotros” en la guerra contra el terrorismo, y el presidente Trump está adoptando una línea similar en la nueva guerra de información.

El Reino Unido ha permitido la entrada de Huawei en la periferia de sus redes 3G y 4G (los mástiles, antenas y otros equipos de radio para transmitir datos móviles), mientras que mantiene a la compañía fuera del núcleo, donde residen principalmente los datos del cliente y la tecnología sensible.

Pero esa línea es más difícil de trazar en las nuevas redes 5G, que pueden estar integradas en equipos de fábrica y autos autónomos. Esa tecnología, que Huawei ayudó a desarrollar, se parece más a una malla en la que los datos se distribuyen ampliamente.

Eso nos trae de nuevo a Liaoyang y a la sofisticada maquinaria que Ren quiso emular. Al igual que otras compañías chinas, Huawei probablemente tomó algunos atajos en el camino al aplicar ingeniería inversa a productos rivales, pero ha escalado la cadena de valor lo suficiente como para convertirse en un líder. Si proviniera de otro país, el caso en su contra por espionaje estatal fracasaría.

Sin embargo, la evidencia contra el gobierno chino es clara: el partido que envió a Ren a Liaoyang valora su poder político por encima de todo lo demás y requiere lealtad total. Apostar por la seguridad en Huawei en redes 5G cuando sus principales competidores, Ericsson y Nokia, son europeos, ya no parece sensato. Lo siento por Ren, pero él es un producto del sistema.

Fuente: La República – Febrero 4 de 2019

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